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Hace unos meses alguien me preguntó si no estaba preocupado por haber pasado ya los 27 y ser artista. Me quedé con cara de circunstancia (algo que sé hacer muy bien, así gano siempre al póker) y, después de beber mi cerveza de un trago, le pregunté, cordialmente: ¿y eso por qué?
– Pues porque ya no puedes ser leyenda. Ya no vas a pertenecer a su grupo.
   Ah, vale, entendido. Ahora tienes que morir a los 27 para ser leyenda. Da igual lo que hayas hecho, que si pasas cierta edad, ya nadie te tendrá en cuenta. ¿Tan absurdo es el mundo en el que vivimos ahora? ¿Solo ensalzamos a la gente una vez se ha ido, en vez de hacerlo en vida? Aún recuerdo todos los fans que le salieron a Michael Jackson cuando este murió (y, cuando estaba en vida, solo era objeto de mofa y ridículo). La conversación con aquel chico en un bar de Malasaña entre semana (sí, cuando hay que salir por Madrid es entre semana, encuentras  a gente tan extraña y surrealista…) me hizo pensar sobre lo que había hecho hasta ahora, hasta mis 29 años, y si merecía la pena o si estaba alargando mi vida artística demasiado y ya era hora de despertar. Como veis, nuestras reflexiones llegan siempre de las conversaciones más extrañas.
   No os contaré aquí mis peripecias dramáticas cuando iba al colegio (del primero no guardo ningún buen recuerdo y del segundo, demasiados), a pesar de haber empezado ahí a rodar cortos y a escribir con dedos endiablados. Tampoco os tengo por qué contar mi paso por la universidad (y por la carrera con menos sustancia de todas, os reto a adivinarlo) ni mi viaje a Nueva York cuando, aunque ya lo tenía más que claro, supe cien por cien lo que quería hacer con mi vida. De hecho resultó ser allí, en la ciudad donde nacen los rascacielos y van a morir las ideas, donde vi por primera vez el poder que podían tener las cosas que hacía. Fue, fíjate, con un videoclip musical de la canción Say a little prayer y con tres chicas que ejercían de una suerte de musas de Hércules. Ahí me di cuenta de que nunca sabes cómo puedes conectar con la gente ni de qué forma.
   Por este tipo de cosas odio dar entrevistas y odiarán entrevistarme: porque me preguntan algo y acabo hablando de otra cosa totalmente diferente. Línea de pensamiento. En mi repaso mental, como si fuera un reportaje al que estuviera siendo sometido, llegué a mi cortometraje Holden, que, pese a los tira y afloja que tuve durante todo el proceso de producción, me puso en el mapa, como quien dice, y me permitió viajar a Los Ángeles, hablar en mi inglés chapucero (es increíble lo que gusta allí que hablemos mal el inglés, la gente no dejaba de gritarme “¡olé!” a cada palabra mal dicha), presentarlo delante de decenas de personas y que gente de todo el mundo me escribiera felicitándome. Y rodar en París, que siempre es una experiencia, sobre todo bajo la Torre Eiffel a la una de la madrugada, que es cuando se va la gente y salen las ratas (eso sí: ratas limpias, que para algo es París, no esos monstruos que vagan por los raíles del metro de Nueva York).
   Mientras repasaba mi vida, habéis adivinado, el chico se hartó de mi mirada al infinito y fue a pedir dos copas para aguantar mis reflexiones nocturnas. Las dos para él.  Pero yo ya no estaba preocupado, porque pensé en mi primer libro, Dextrocardiaco, que tantas alegrías me ha dado y me sigue dando. Porque, y ahí lo digo bien alto, es una historia que nos refleja, con la que te puedes sentir identificado (incluso si eres un robot), porque todos hemos tenido mala suerte en el amor.  Y porque su protagonista, Marc, soy yo, eres tú, es él, son ellas, somos nosotros. Y ese libro me llevo a escribir Eterno Amor Adolescente (lo que me gusta a mí la intensidad) junto al genial Sanz i Vila y, ahora mismo, estar dirigiendo la adaptación de Dextrocardiaco en los escenarios madrileños del teatro off, con un casting inmejorable, una sala increíble y un público que lo da todo, y publicar Komorebi (homenajeando a mi adorado Principito). Entonces, sin previo aviso, grité: “¡EUREKA!”. E hice que el chico de la pregunta se tirara la copa sobre la camisa…
– Pero, ¿qué haces?
– Pues que ya tengo la solución a todo.
– ¿Qué?
– ¿Sabes cuántos años tenía cuando escribí Dextrocardiaco, mi punto de inflexión?
– Sorpréndeme.
– 27.
   Casualidad o no, ya que no creo en el destino (el destino lo hacemos nosotros), resulta que soy de otro club de los 27. Y no está nada mal pertenecer a él.
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